La Costa Amalfitana.

Los golfos de Nápoles y Salerno delimitan uno de los tramos costeros más bellos de la costa italiana conocida como la Costiera Amalfitana, un conjunto de pueblos con vistas al mar que dan vida y carácter a esta parte de Campania. Vietri sul Mare, está literalmente apiñado al mar y marca el comienzo desde el sur de esta franja costera unida por una pintoresca carretera de apenas cuarenta kilómetros que recorre este fantástico tramo de litoral.

La localidad es famosa por su cerámica desde los lejanos tiempos medievales, pasear por sus calles es hacerlo por un mosaico de paneles cerámicos, donde cualquier motivo es bueno para hacer notar la valía del pueblo en las artes cerámicas, contando incluso con un museo dedicado a esta tradición. La carretera comienza a retorcerse nada más dejar atrás el pueblo, un trazado antiguo que recuerda a las añoradas películas de la Italia de los años 60, una carretera imposible de modificar, hacerlo sería arrancar la esencia de estas tierras. Cetara aparece tras una pronunciada curva, el pueblo se asienta entre dos valles rocosos, las pequeñas construcciones escalan por la ladera buscando las vistas hacia el mar, un paseo hasta el pequeño espigón del puerto ofrece unas magníficas vistas de esta villa y las montañas. El azul del mar mediterráneo contrasta con los cultivos aterrazados de Erchie, allí grandes y aromáticos limones maduran al sol, son los mismos que sirven para fabricar el famoso limoncello, licor típico de la costa de color amarillo limón y que no puede faltar en una sobremesa italiana.

En Maiori una hilera de palmeras delimita la estrecha carretera y la playa. Al otro lado del vial, el pueblo se apretuja ganando terreno a la montaña. Hay que perderse entre este entresijo de callejuelas con ropa tendida al sol y arquitectura imposible para apreciar la verdadera identidad y el estilo de los pueblos de la Costa Amalfitana. Minori y el vecino Atrani dan paso a una de las villas costeras más visitados de esta parte de la costa; Ravello es una atalaya con hermosas vistas y para llegar hay que desviarse de la carretera principal hasta esta ciudadela instalada sobre un contrafuerte rocoso a 350 metros de altura. Ravello respira poesía, tranquilidad y elegancia entre sus rincones, donde suntuosas mansiones dan un toque de maravillosa decadencia, Villa Cimbrone o la Villa Rufolo son de obligada visita. Los jardines de esta última inspiraron al famoso compositor Richard Wagner a imaginar la escena del parque de Klingsor, un musical que finalmente estrenaba en 1882 y al que llamaría Parsifal. Apoyarse en la barandilla que delimitan los jardines y contemplar el horizonte es disfrutar de este pedazo de historia y de unas grandiosas panorámicas del golfo de Salerno, aquí el bullicio y el estrés no tiene salvoconducto, son momentos dedicados a la contemplación.

Hay que descender de nuevo a los aires impregnados de sal, a la cercanía del mar, me aguarda Amalfi, uno de los iconos de esta parte de la costa. El pueblo es historia marítima, aquí se construían las galeras de más de cien remos y el monumento a Flavio Gioia, al que le otorgan el haber inventado la brújula, muestran al viajero el dominio sobre el mar que este lugar tuvo en sus momentos gloriosos de comercio y descubrimiento. Las Tablas Amalfitanas fueron durante largo tiempo el esquema marítimo y comercial en todo este tramo del Mediterráneo. Sus angostas calles apuntaladas con estrechos arcos entre fachadas invitan a la calma, a observar los múltiples detalles diseminados por el pueblo, los aromas de la buena cocina no disimulan un país que ama la buena mesa tanto como sus tradiciones y comer es una de ellas. Hay más gente de lo normal, es fiesta local y celebran un acontecimiento ocurrido un lejano día de 1544 cuando San Andrés hundió lo barcos del temido pirata Barbarroja en su pretensión de asaltar la costa. La figura de este santo tiene su veneración en El Duomo de Amalfi y merece salvar la escalinata que separa la plaza de la puerta principal para hacer una visita al interior de la catedral del siglo X. El claustro del Paraíso fue un antiguo cementerio de los nobles de Amalfi, edificado entre 1266 y 1268, sorprende con su color blanco y sus arcos entrelazados, en este lugar descansan los ciudadanos más ilustres. Pero sin duda la verdadera joya de Amalfi está aquí, en la cripta del Duomo, es en este lugar donde se encuentra la “cabeza y los huesos de San Andrés” el primer discípulo de Jesús y protector de la costa.

Un túnel excavado en la roca ayuda a salir de Amalfi y retomar la carretera que no cesa de retorcerse, adaptándose a los pliegues que dicta la abrupta geografía, aquí solo hay un camino entre el mar y los acantilados. Las vistas de la costa son asombrosas, donde asombra como los habitantes de este lugar han amoldado sus viviendas a lugares aparentemente imposibles. Mansiones que caen directamente al mar, playas privadas, plantaciones ubicadas en terrazas agotadoras. Un nuevo trazado de magnificas y aéreas panorámicas llevan a Agerola donde el tiempo parece haberse detenido. En la plaza de esta acogedora villa, sentados en las terrazas los hombres con más historia del lugar,  al atardecer observan a los turistas, hablan y consumen el tiempo de forma pausada. Este es el punto de partida de una caminata a pie que según dicen es tan reconfortante como su nombre, el Sentiero Degli Dei, o lo que es lo mismo, el sendero de los Dioses.

No es posible sentirse defraudado, los once kilómetros de este sendero no tienen desperdicio, las vistas de la península de Sorrentino, la Isla de Capri  y Positano no pueden ser más espectaculares, aguas turquesas y un magnífico cielo azul son los compañeros en todo el recorrido. En Nocelle solo hay que decidir entre bajar  en autobús o atreverse con los aproximadamente 1500 escalones que separan este pequeño pueblo de la estatal Amalfitana, donde se puede dar por terminado el sendero y continuar hasta el siguiente pueblo. Positano es junto a Amalfi, el lugar más turístico y vacacional de la Costa Amalfitana y esto se nota en el ambiente, contemplar Positano desde los balcones que sirven de mirador es ver la postal de un  pueblo de casitas blancas y escalonadas, escaleras que serpentean a través de callejuelas empinadas y limoneros en las aceras.

Al fondo la única playa da cobijo a barcas que hoy descansan sobre las piedras y un pequeño embarcadero marca el punto de partida hacia los paseos por barco a la isla de Capri. Dentro del pueblo hay un mundo de tiendas de souvenirs, galerías de arte y restaurantes, todo confluye en torno a la cúpula de cerámica de la iglesia de Santa Maria. Subir al mirador de la carretera para ver los espectaculares atardeceres de increíbles tonos rosados recuerda al visitante porque esta costa sigue siendo uno de los principales atractivos turísticos de Italia.

Anxo Rial.

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