Tomar, el último refugio templario.

Viajar a Tomar en Portugal, es reencontrarse con el pasado, con tiempos medievales, pues esta villa portuguesa fue antigua sede de los Templarios, esos guerreros puestos por la iglesia para proteger a los peregrinos en las Tierra Santa, que con el tiempo fueron finalmente una amenaza para sus propios creadores, a lo que decidieron darle el finiquito. Precisamente el vecino Portugal fue la última morada, el refugio de una elite templaría ante la persecución a la que estaban sometidos en España, viviendo la transformación a los Caballeros de la Orden de Cristo.

Tomar es una pequeña ciudad del centro de Portugal, con mucho encanto, pasear por sus calles adoquinadas y tranquilas, es un buen ejercicio espiritual para emprender una escapada viajera.

La villa fue fundada en 1157 por Gualdim Pais, el primer gran mestre de la orden del temple en Portugal y sin duda su máximo atractivo se encuentra en el castillo que preside el alto de la colina, donde se encuentra El Convento de Cristo, una de las obras renacentista más importantes del país vecino. La visita nos llevara tiempo, el edifico, o mejor los edificios unidos tienen mucho que ver y muchos rincones donde admirar la arquitectura manuelina, donde una curiosa ventana destaca sobremanera como una obra cumbre de ese estilo arquitectónico. Allí escaleras retorcidas, patios interiores, claustros y columnas harán las delicias de los amantes a la arquitectura. En el interior del castillo, se encuentra un oratorio templario, la Charola, que es así como se llama, es la parte más antigua y nos remonta hasta el siglo XII.

Pero el castillo también es importante, en su momento fue una de las fortificaciones más moderna y avanzada del reino, y claramente inspirada en las fortificaciones de Tierra Santa. Pero volvamos a la Charola, es una manifestación templaria y se transformó en capilla en el siglo XVI, fue Manuel I el que ordeno esta transformación, que alcanzó un nivel y esplendor arquitectónico longevo en el tiempo, que le valió su inclusión como Patrimonio de la Humanidad.

Una vez visitado el convento, podemos descender hasta la parte más antigua de la villa por la Mata dos Sete Montes, donde veremos la Ermita de Nuestra Señora de la Concepción, otra pequeña joya renacentista, obra del portugués João de Castilho. En la Praça da República, topamos con la Iglesia Principal dedicada a San Juan Bautista, esta marca el centro de estas calles dispuestas como los puntos cardinales. Ruas que cobijan al comercio tradicional y el café más antiguo de la villa, donde se pueden degustar las delicias de la pastelería local: queijadas de almendra y calabaza y también las tradicionales fatias de Tomar, delicias confeccionadas solo con yemas de huevos y cocinadas al baño maría en una olla muy especial, inventada por un latonero de la ciudad a mediados del siglo pasado y que sirve a día de hoy para mantener la tradición.

Pero hay más cosas en Tomar,  todavía podemos ver el Museo de los Fósforos, el Convento de la Anunciada, el Museo de Levada, con los molinos que utilizaban el caudal del río que cruza la ciudad, el Nabão, Convento de Santa Iria, la sinagoga o la iglesia de Santa Maria del Olival, donde se encuentran las tumbas de varios templarios, entre ellas la de Gualdim Pais, el primer maestro, que murió en 1195. Merece también la pena, ir un poco más lejos y no perderse la visión del acueducto que abastecía de agua al castillo, un espectacular puente acuático, que nada tiene que envidiar a otros de mayor renombre.

Anxo Rial / RKV.

 

 

 

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