Viñedos del Duero, viaje al color.

Este es un tiempo magnifico para contemplar los viñedos del Duero, estas viñas del famoso viño de Oporto, fueron reconocidas como un paisaje singular por la UNESCO y no es para menos. Los viñedos aterrazados se afianzan a un precipicio vertiginoso, con un cielo azul y un aire absolutamente puro.

Es pues el otoño la estación donde estas vides lucen su mejor estampa, los rojos y ocres tiñen las laderas hasta hacer del lugar un verdadero mosaico de color.  Y la mejor manera de afrontar esta excursión es viajar a la ciudad de Oporto, allí y para integrarnos con el ambiente de famoso vino portugués, es menester dirigirse a la orilla de Gaia, donde los antiguos barcos rabelos están varados en la orilla, recordando mejores tiempos y dándonos pistas sobre la importancia de este vino.

Épocas doradas del transporte tradicional, donde los barcos cargados con los barriles de vino, hacían en trasiego de subir y bajar a lo largo del Duero. Hoy son un reclamo y nos permite ver esas labores de antaño. En esta orilla, es del todo recomendable acercarse a visitar una de las bodegas asentadas allí, almacenes de vinos que llevan años, muchos dedicándose a la elaboración de viño de oporto. Las visitas son guiadas y hay que pagar, pero a cambio visitaremos uno de esos santuarios de elaboración vinícola. Al final hay degustación, como no puede ser de otra manera.

Desde Oporto, remontamos el Duero para visitar esta región productora, hoy divida en tres zonas. Al Oeste, en Baixo Corgo, queda la capital del vino, Peso da Régua, con sus puentes es uno de los primeros atractivos el camino, allí no debemos dejar de visitar el Museo del Duero y el Solar do Vinho do Porto, todavía aquí podremos aprender un poco más sobre las técnicas en la elaboración del vino.

El rio, a partir de ahora comienza una serie de caprichosas curvas y con él la carretera que le acompaña, es pues un trayecto para hacer con calma, con tranquilidad y disfrutando del maravilloso paisaje. De esta forma continuamos hasta que divisamos en la orilla opuesta la pequeña localidad de Pinhão, el pueblo pertenece a una nueva región donde se concentran los más famosos vinos de Oporto. Son los viñedos de Cima Corgo, de excelente paladar y muy apreciados. En Pinhão es muy recomendable hacer una visita a su estación de tren, allí azulejos azules, típicos de Portugal, decoran las paredes del edificio con escenas de la vendimia. Tras la visita a esta diminuta estación de tren, descendemos hasta el pequeño puerto, donde podremos degustar una copa de vino, solo hay que recalar sobre una de sus estratégicas terrazas y saborear el momento,  mientras contemplamos las laderas reflejadas en el rio, un espejo cristalino solo distorsionado por algún barco de turistas al pasar. Que mejor manera de disfrutar del vino, que en la tierra que lo produce.

A partir de Pinhão la carretera se separa del rio y ya no volverá a estar a su altura hasta llegar a las tierras fronterizas con España.  A medida que este estrecho vial devora curvas de nivel nos ofrece también un fenomenal paisaje de pueblos ya empequeñecidos por la distancia y unos viñedos que se adueñan del entorno en cada curva. San Joao da Pesqueira, pertenece a la subregión del Douro Superior y es nuestra próxima parada. Este pueblo nos adentra en un panorama de interior, pero igual de hermoso.

Así, sin pausa iremos visitando pueblos como Cinfaes, escondido a los pies de la Sierra de Montemuro, cuyas cimas se acercan a los 1000 metros de altitud. Cinfaes es famosa porque en este lugar se construían los famosos barcos que surcaban el Duero con los barriles a bordo en su trayecto hasta Oporto. Muy cerca del pueblo se encuentra la iglesia de Cárquere, un templo del siglo XII que merece la pena visitar. De esta forma vamos disfrutando un Portugal interior y vinícola, hasta abordar las tierras de Salamanca, donde la Fregeneda marca el fin de este trayecto.

Anxo Rial / RKV.

Cracovia en Otoño.

Cracovia, es a día de hoy una de las ciudades más bonitas de Europa y creedme que no exagero,  pero en otoño, esta belleza no tiene competencia. En la construcción de la cuidad han trabajado famosos artistas y arquitectos durante muchos años, artistas de la construcción de diferentes países que han dejado esta ciudad con una personalidad difícil de igualar. La UNESCO decidió en 1978 declarar su casco histórico patrimonio de la humanidad y dicen que para buscar el verdadero espíritu de Polonia hay que buscarlo aquí, en Cracovia.

Afortunadamente la ciudad no fue muy dañada durante las guerras mundiales y se conservan intactos la mayoría se sus edificaciones más importantes y singulares. Pasear por sus calles es un verdadero placer y más aún si nos dejamos caer por la Plaza Mayor del Mercado o Rynek Glowny, una plaza que recuerda la Gran Plaza de Bruselas o la Piazza San Marco en Venecia. En un día cualquiera, el visitante encontrará cracovianos dando un paseo, músicos ambulantes o estudiantes universitarios, además de los asombrados turistas, que no damos crédito a semejante bullicio.La primera mención de la villa hay que buscarla a mediados del siglo X, antes del año 992 ya se había incorporado al Reino de Polonia, en el 1000 era sede del obispado y en el 1038 ya era capital. Es por lo tanto normal la cantidad de edificios y fortalezas que vemos a nuestro alrededor. Es muy recomendable visitar la puerta de Florián con su mercado de pintura, lo que alguna vez fue la principal entrada de la ciudad, ahora es la sede de un floreciente espectáculo de arte al aire libre.

El Sukiennice, o El Mercado de las Pañerías, domina la plaza. Aquí era donde los mercaderes vendían antiguamente sus mercancías. Hoy, los que visitamos el lugar podemos admirar y adquirir arte local, suvenires de Polonia o simplemente deleitarnos con un café en cualquiera de las terrazas que dominan la plaza. Si después del aperitivo tenemos hambre, siempre podemos buscar muchas de las ofertas gastronómicas, pero si de verdad queremos ir a un lugar histórico, debemos llegar hasta el restaurante Wierzynek, tal y como alguna vez lo hizo la realeza. Esta institución polaca es el restaurante más antiguo en funcionamiento de Europa. Hay que remontarse hasta 1364 cuando Mikolaj Wierzynek preparó un famoso banquete de bodas para la nieta del Rey Casimiro el Grande. En su interior podéis comer en los salones decorados con antiguos candelabros, viejas armaduras de guerra y vetustos relojes, siempre degustando la exquisita y copiosa comida polaca.

La Torre del Ayuntamiento, donde también hay un museo, permite elevarse sobre el suelo y contemplar unas espléndidas vistas del entorno, con la Iglesia de Santa Maria,  es una perspectiva diferente que nos ayudan a enmarcar las dimensiones de la plaza y los edificios que la rodean. En la visita, no debemos olvidar el distrito Kazimierz, uno de los principales centros de la religión, cultura y aprendizaje judíos desde el siglo XV, ahora se vanagloria de poseer un gran complejo de arquitectura histórica restaurada, un lugar tranquilo para pasear, donde es muy recomendable buscar unos de los cementerios judíos, el que es gratis y más alejado del bullicio, este camposanto es un verdadero recinto de tranquilidad, donde tumbas de todas las épocas, tapizadas de hojarasca dan un toque misterioso al lugar.

El camino a la colina Wawel discurre sobre un parque, son los jardines que rodean la parque antigua de la cuidad y una explosión de color en estas fechas. Al final de este recorrido ya son visibles las torre de la colina, allí se reúnen diversas fortalezas y fortificaciones, desde sus murallas se contemplan unas vistas espectaculares de toda la ciudad y para terminar el día, nada mejor que hacerlo junto a muchos polacos, en el parque de las  orillas del río Vístula, contemplando como el sol del atardecer enciende el amarillo de los árboles.

Anxo Rial. / RKV.