Laxe, unha viaxe a Portozás.

La villa marinera de Laxe se extiende mirando a la media luna de su pequeña bahía, donde una playa de arena blanca y fina, alberga todavía las dunas que hacen de barrera natural contra los vientos. La historia de la villa se remonta al siglo XII, de esta lejana época son los sepulcros de los señores de Moscoso-Altamira, dueños de las tierras donde se asienta hoy el pueblo. El lugar siempre fue un refugio para pintores y amantes de la fotografía, sus estrechas callejuelas y rincones han inspirado más de un lienzo. Esta conjunción pictórica fue también la causante de que el pueblo se hiciera popular a finales de los años 90, cuando la serie de televisión gallega “Mareas Vivas”, se inspiraba en el pueblo, para crear el ficticio Portozás y rodar en sus calles los planos exteriores de la serie. Esa fue la mejor promoción turística que podrían tener y Laxe, quedo situado en el mapa, como pueblo típico y marinero. La economía gira en torno a su puerto y su importante flota de bajura. Cada mañana, temprano los barcos descargan las capturas del día, en la plaza la voz de los subastadores ofrecen el rodaballo, lenguado, raya, percebes o lubinas, los mismos productos que podremos degustar en la mayoría de los restaurantes de la zona.

Para ver Laxe y sus dimensiones, lo mejor es caminar calle arriba, hasta la iglesia de  Santa Maria da Atalaia. Este templo gótico esta referenciado en el siglo XV y en su interior están depositados los túmulos funerarios de los Moscoso. El retablo barroco que presidia el altar mayor fue destruido de forma trágica por un rayo en 1955, un acontecimiento que dejo ha descubierto un singular retablo pétreo. Pero es su exterior lo que destaca, desde allí, los tejados de Laxe comienzan a quedar lejanos y las vistas que tenemos del puerto y la playa bien merecen la subida hasta aquí. Podemos ir un poco más allá, caminando hasta la Punta do Costado y dar un rodeo por los acantilados de Punta do Boi, hasta el Faro de Laxe.

La solitaria torre cilíndrica de once metros, no tiene edificio anexo y está totalmente automatizada, por lo que carece del romántico farero que antaño mantenían los faros. El faro fue instalado en el lugar en 1928, después de que varias tragedias marinas situaran el lugar en los mapas. Una de las más trágicas fue la que llevo al naufragio del buque “Gladiador” en 1917 o la más cercana en el tiempo, cuando en 1972, el “Playa de Arnela”, un barco de Corme se estrellaba contra las rocas de la Punta da Ínsua o de O Boi, salvándose sólo dos tripulantes. El camino continua hacia el monumento dedicado a los familiares que esperan la llegada de los marineros. Desde la “espera”, giramos de nuevo hacia el mar, bordeando los acantilados hasta el mirador “Dos Enamorados”, una estupenda atalaya para contemplar como la furia de las olas se convierten en espuma al estamparse contra esta furna natural.

La senda continua hasta la playa de los cristales, donde antiguamente existía un vertedero donde miles de botellas terminaban rotas y arrojadas al mar. Las mareas y el tiempo han creado una playa con miles de trozos de cristal, pequeños diamantes de colores que dan al lugar un aspecto completamente diferente, solo recuerda que está prohibido llevarse esos tozos de cristal.

Anxo Rial / RKV.

Caión, el inicio da Costa da Morte.

La localidad de Caión dista tan solo veinte kilómetros de la gran urbe de A Coruña, una distancia muy pequeña en el mapa, pero muy grande en cuanto a diferencias en el paisaje, de nuevo contemplamos horizontes abiertos, sin edificios que nos delimiten la vista. La villa de Caión está situada en una lengua de tierra desde la que contempla a un mar cada vez más hostil, no en vano aquí se empiezan a intuir los aires de A Costa Da Morte. Es a partir de aquí donde el mar gallego demuestra toda su bravura, en un litoral cuyo nombre ya insinúa mar revuelto y naufragios.

No resulta fácil establecer unos lindes para esta costa, pero la mayor parte de las desgracias marítimas se han producido entre Caión y Finisterre, delimitando así el litoral más agreste de la Península. Pero detengámonos por un momento en Caión, el pueblo ya fue citado por el Licenciado Molina, cuando en el siglo XVI, describía la localidad como un importante puerto ballenero. Es interesante caminar entre sus calles, visitar el Arquivo da Pesca y subir hasta la parte alta del pueblo, donde tendremos una fenomenal perspectiva de esta pequeña lengua de tierra.

Baldaio es uno de los humedales más importantes de la comunidad gallega, una zona de especial sensibilidad ambiental, Red Natura y Zona de Especial Protección para las Aves. La fisonomía de la playa ha cambiado con los años, lo que antiguamente era una ensenada, quedo cerrada por un brazo de arena, dando lugar a una laguna y un extenso cordón de casi cuatro kilómetros de dunas. Baldaio conecta con un arenal del cuaternario, la playa de Razo es una auténtica playa fósil y desde este lugar parte la Depresión Meridiana, la sucesión de fallas que rasga el territorio gallego de norte a sur y uno de los fenómenos geológicos más importantes de Galicia.

Los Molinos de Ardeleiro, son un conjunto etnográfico de construcciones levantadas en mampostería, de forma cuadrangular y cubiertos de la típica teja gallega. Estos cinco molinos aprovechaban el agua de un arroyo para realizar la molienda. Este es un conjunto curioso ya que normalmente los molinos están situados en los valles de interior, pero estos aprovechan la ladera que cae directamente al mar y casi estan bañados por las olas en tiempo de mar revuelta.

Anxo Rial / RKV.