TravelAventura. Ferreira de Pantón.

Los “mouros” administraban sus grandes tesoros bajo tierra, en intrincados pasadizos que evitaban ser descubiertos. Desde su asentamiento vigilaban los pasos de los habitantes cercanos al castro.  En el castro de Espasante, en Ferreira de Pantón, hay una gran galería que solo puede hallarse en días mágicos y que conduce directamente al corazón de la montaña, a la mismísima cámara del tesoro.

En cierta ocasión uno de los “mouros” involucrándose más de lo normal en la vida de los humanos, se enamoró de una joven princesa, hija de un rey de Galicia y con sus mágicos poderes al encanto y una noche se la llevo a la cueva del castro. Cuando el padre de la joven supo de la falta de su querida hija, salió en su busca, acompañado de los mejores y más diestros caballeros de la corte. Recorrieron todas las aldeas, los bosques y caminos sin éxito. Nadia pudieron saber y nadie había visto a la princesa.

En una acción desesperada, el rey mando reunir en torno al castillo a toda la gente en leguas a la redonda, con la intención de averiguar algo sobre la misteriosa desaparición y amenazando con severos castigos la falta de información. Fue entonces cuando unos muchachos contaron como una noche de luna vieron dirigirse hacia el monte de Espasante un grupo de hombres de gran porte sobre unos caballos más grandes de lo normal, tan enormes eran las bestias, que habían saltado el rio Cabe como si sus patas fueran aladas. Todo apuntaba al secuestro por los misteriosos caballeros.

El noble no pudo contener su ira y desesperación y mando reunir a todos los caballeros de los estados vecinos, así reunió un gran ejército y fueron directamente hacia el castro de Espasante con intención de buscar hasta el último rincón del monte. Pero, cuando ya estaban cercanos a la cumbre e inesperadamente, el entorno del castro comenzó a arder con grandes llamaradas. Los caballeros, no tuvieron más remedio que retroceder hasta la ladera del monte, aguardando hasta que la virulencia del incendio bajara de intensidad y de esta forma el ejército estuvo aguardando dos días enteros. Cuando la enorme hoguera se extinguió, volvieron a registrar concienzudamente el monte hallando solamente unas murallas pequeñas, pero ni rastro de cueva, mouros o princesa.  Anxo Rial / RKV.

 

TravelAventura. Pozas de Melón.

Las Pozas de Melón, que en realidad deberían llamarse, del río Cerves, pues es allí donde se encuentran, son casi un territorio fronterizo, pues están localizadas en los últimos alientos de la provincia de Ourense antes de dar paso a las tierras altas de Pontevedra. Ya a finales de los años setenta, las piscinas de Melón eran conocidas como un escondido refugio para atrevidos bañistas que renunciaban al bañador. Con las obras de la moderna autovía el lugar sufrió un importante revés, parte de esta privacidad de antaño se vio truncada al ser instalado, muy cerca del cauce del rio, uno de los pilares que sustenta parte de uno de los viaductos. Afortunadamente, en los últimos años y con buen criterio por parte de las administraciones, el cauce y la gran cascada se han acondicionado para el disfrute de todo el visitante que se deje cautivar por los encantos que guarda este pequeño espacio.

Melón es un pueblo que creció a los márgenes de la antigua carretera que unía Vigo con las tierras ourensanas, prosperó y de alguna forma se estancó cuando entró en servicio la actual autovía. El alejamiento de esta arteria rodada ha convertido al lugar en una plaza sosegada, jugando a favor del visitante que busca espacios tranquilos. Es al llegar al centro del pueblo cuando se aprecia el esplendor del pasado, unos enormes robles, ocultan parcialmente uno de los mayores atractivos arquitectónicos del lugar, el monasterio de Santa Maria de Melón, que sorprende por su imponente porte.

No hay que llevarse a engaño, el cenobio fundado en 1158 por los monjes del cister, ejercían un férreo control de las tierras, en la cuales basaron su principal economía. Su dominio en el siglo XII llegaba hasta la costa, Vigo dependió muchos años del monasterio y las pretensiones del clero era centralizar el comercio marítimo de la ría viguesa en la vecina Redondela.

El declive del monasterio y su ruina llegó con la desamortización eclesiástica del siglo XIV, los monjes abandonan el lugar y la falta de mantenimiento llega a la iglesia y el claustro. Como curiosidad, decir que gran parte de la piedra de su iglesia fue vendida para la construcción del templo de A Cañiza, en ese momento se pagaba a una peseta el carro de piedra. Hoy está restaurado y se puede recorrer esos pasillos de antaño.

Anxo Rial. / RKV.

Souto da Retorta. A Casa do Avó.

La localidad de Viveiro ejerce como centro neurálgico y económico de una comarca que comparte mar y montaña. El pueblo se asienta mirando al océano pero protegido y custodiado por empinadas laderas donde los bosques, formados principalmente por eucaliptos, otorgan al paisaje un verde permanente. Son escarpados montes donde Pao da Vella ejerce como punto más elevado del municipio y también como excelente mirador. Esta escarpada orografía parece ser la causante del nombre del lugar con claras referencias a las lenguas célticas, siendo una composición de las palabras Bi (montaña) y Ver (empinada), la evolución de la propia lengua hizo el resto, pasando a través de los años de Bibero a Viveiro. La historia nos habla de una antigua ciudad llamada Estabañón, localizada donde se ubica hoy la aldea de Faro. Las leyendas hablan de que una terrible subida del nivel del mar terminó arrasando y sepultando esta antigua urbe. Los hallazgos arquitectónicos en el lugar parecen reafirmar la teoría de la existencia de esta ciudad.

 

En la aldea de Chavín se encuentra el Souto da Retorta, también conocido como el gran eucaliptal. Este espacio pertenece a la Red Gallega de Espacios Protegidos y en el año 2000 fue catalogado como Monumento Natural. El motivo de esta distinción, es que este lugar alberga los ejemplares de eucaliptos más longevos y grandes de toda Galicia. Esta especie traída de Oceanía por el obispo de aquellas tierras, Rosendo Salvado, llegaba a España hacia 1860 y poco a poco esta nueva especia se iba asentando en las haciendas de los ricos como árbol ornamental. En Chavín fueron plantados en 1880 para contrarrestar las crecidas del rio Landro y drenar de esta forma los terrenos encharcados. La afición del eucalipto por el agua contribuyó a continuar con la plantación hasta 1912 y conseguir de esta forma frenar el encharcamiento del lugar, creando sin saberlo un espacio de futuro, el que hoy se conoce como el bosque de eucaliptos de Chavín.

Un corto pero espectacular paseo nos conduce a través de estos centenarios ejemplares de eucaliptos, para ello debemos llegar hasta la localidad de Chavín y comenzar a caminar en las proximidades de una gran nave industrial, allí un cartel indicativo nos marca el recorrido a seguir y las precauciones que debemos tomar en cuenta a la hora de la visita. Es un estrecho sendero que profundiza en este bosque con claros matices oceánicos por su cercanía al mar. Una masa verde con vegetación de ribera de gran variedad donde conviven fresnos, avellanos, alisos, sauces, arces, abedules, castaños, robles y grandes helechos.

 

La senda es elevada, con una perspectiva sobre las aguas del rio Landro y donde ya van apareciendo los primeros ejemplares de eucaliptos jóvenes que aprovechan las aguas del cercano rio para mantener su porte y que poco a poco van dando paso a un bosque de grandes troncos, donde ya se percibe la longevidad de los árboles. Tras novecientos metros de sencillo paseo y sin apenas desnivel llegamos al eucalipto denominado O Avó, este gran ejemplar es efectivamente el abuelo de todos ellos.

Enorme en su porte es probablemente uno de los árboles más grandes de España, con un volumen de 75,2 metros cúbicos, con grandes contrafuertes, un perímetro en su base de 11 metros y con una altura total de 71,40 metros sobre el suelo, que lo convierten en uno de los eucaliptos más altos de Europa. Nuestro paseo continua y lo hace caminando un poco más allá de la figura del Avó, donde aparecen otros ejemplares también de considerable tamaño, que nos muestran lo importante del bosque, de su conservación y la importancia de este bello enclave.

Anxo Rial.

Laxe, unha viaxe a Portozás.

La villa marinera de Laxe se extiende mirando a la media luna de su pequeña bahía, donde una playa de arena blanca y fina, alberga todavía las dunas que hacen de barrera natural contra los vientos. La historia de la villa se remonta al siglo XII, de esta lejana época son los sepulcros de los señores de Moscoso-Altamira, dueños de las tierras donde se asienta hoy el pueblo. El lugar siempre fue un refugio para pintores y amantes de la fotografía, sus estrechas callejuelas y rincones han inspirado más de un lienzo. Esta conjunción pictórica fue también la causante de que el pueblo se hiciera popular a finales de los años 90, cuando la serie de televisión gallega “Mareas Vivas”, se inspiraba en el pueblo, para crear el ficticio Portozás y rodar en sus calles los planos exteriores de la serie. Esa fue la mejor promoción turística que podrían tener y Laxe, quedo situado en el mapa, como pueblo típico y marinero. La economía gira en torno a su puerto y su importante flota de bajura. Cada mañana, temprano los barcos descargan las capturas del día, en la plaza la voz de los subastadores ofrecen el rodaballo, lenguado, raya, percebes o lubinas, los mismos productos que podremos degustar en la mayoría de los restaurantes de la zona.

Para ver Laxe y sus dimensiones, lo mejor es caminar calle arriba, hasta la iglesia de  Santa Maria da Atalaia. Este templo gótico esta referenciado en el siglo XV y en su interior están depositados los túmulos funerarios de los Moscoso. El retablo barroco que presidia el altar mayor fue destruido de forma trágica por un rayo en 1955, un acontecimiento que dejo ha descubierto un singular retablo pétreo. Pero es su exterior lo que destaca, desde allí, los tejados de Laxe comienzan a quedar lejanos y las vistas que tenemos del puerto y la playa bien merecen la subida hasta aquí. Podemos ir un poco más allá, caminando hasta la Punta do Costado y dar un rodeo por los acantilados de Punta do Boi, hasta el Faro de Laxe.

La solitaria torre cilíndrica de once metros, no tiene edificio anexo y está totalmente automatizada, por lo que carece del romántico farero que antaño mantenían los faros. El faro fue instalado en el lugar en 1928, después de que varias tragedias marinas situaran el lugar en los mapas. Una de las más trágicas fue la que llevo al naufragio del buque “Gladiador” en 1917 o la más cercana en el tiempo, cuando en 1972, el “Playa de Arnela”, un barco de Corme se estrellaba contra las rocas de la Punta da Ínsua o de O Boi, salvándose sólo dos tripulantes. El camino continua hacia el monumento dedicado a los familiares que esperan la llegada de los marineros. Desde la “espera”, giramos de nuevo hacia el mar, bordeando los acantilados hasta el mirador “Dos Enamorados”, una estupenda atalaya para contemplar como la furia de las olas se convierten en espuma al estamparse contra esta furna natural.

La senda continua hasta la playa de los cristales, donde antiguamente existía un vertedero donde miles de botellas terminaban rotas y arrojadas al mar. Las mareas y el tiempo han creado una playa con miles de trozos de cristal, pequeños diamantes de colores que dan al lugar un aspecto completamente diferente, solo recuerda que está prohibido llevarse esos tozos de cristal.

Anxo Rial / RKV.

Caión, el inicio da Costa da Morte.

La localidad de Caión dista tan solo veinte kilómetros de la gran urbe de A Coruña, una distancia muy pequeña en el mapa, pero muy grande en cuanto a diferencias en el paisaje, de nuevo contemplamos horizontes abiertos, sin edificios que nos delimiten la vista. La villa de Caión está situada en una lengua de tierra desde la que contempla a un mar cada vez más hostil, no en vano aquí se empiezan a intuir los aires de A Costa Da Morte. Es a partir de aquí donde el mar gallego demuestra toda su bravura, en un litoral cuyo nombre ya insinúa mar revuelto y naufragios.

No resulta fácil establecer unos lindes para esta costa, pero la mayor parte de las desgracias marítimas se han producido entre Caión y Finisterre, delimitando así el litoral más agreste de la Península. Pero detengámonos por un momento en Caión, el pueblo ya fue citado por el Licenciado Molina, cuando en el siglo XVI, describía la localidad como un importante puerto ballenero. Es interesante caminar entre sus calles, visitar el Arquivo da Pesca y subir hasta la parte alta del pueblo, donde tendremos una fenomenal perspectiva de esta pequeña lengua de tierra.

Baldaio es uno de los humedales más importantes de la comunidad gallega, una zona de especial sensibilidad ambiental, Red Natura y Zona de Especial Protección para las Aves. La fisonomía de la playa ha cambiado con los años, lo que antiguamente era una ensenada, quedo cerrada por un brazo de arena, dando lugar a una laguna y un extenso cordón de casi cuatro kilómetros de dunas. Baldaio conecta con un arenal del cuaternario, la playa de Razo es una auténtica playa fósil y desde este lugar parte la Depresión Meridiana, la sucesión de fallas que rasga el territorio gallego de norte a sur y uno de los fenómenos geológicos más importantes de Galicia.

Los Molinos de Ardeleiro, son un conjunto etnográfico de construcciones levantadas en mampostería, de forma cuadrangular y cubiertos de la típica teja gallega. Estos cinco molinos aprovechaban el agua de un arroyo para realizar la molienda. Este es un conjunto curioso ya que normalmente los molinos están situados en los valles de interior, pero estos aprovechan la ladera que cae directamente al mar y casi estan bañados por las olas en tiempo de mar revuelta.

Anxo Rial / RKV.

Por tierras costeras, Noia y el Tambre.

La leyenda habla que una de las hijas del mismo Noé, llamada la niña Noela, la fundación del pueblo de Noia. No deja de ser curioso que el escudo oficial de esta ciudad costera represente la mítica arca. La tradición cuenta que fue aquí, en un peñasco llamado Pena da barca, descansó después del diluvio la barca bíblica de Noé.

La ciudad durante la Edad Media, se hizo famosa por tener uno de los puertos más frecuentados por los peregrinos que escogían la vía marítima para visitar la tumba jacobea, lo que le sirvió el apodo de «puerto de Compostela». Pero la naturaleza causo una fuerte sedimentación y su ría fue perdiendo progresivamente calado y hoy ya no es más que una marisma.

La ciudad es una urbe moderna, costera y turística, pero en el centro de la villa se encuentra uno de los cementerios más enigmáticos de Galicia. “Quintana dos Mortos” es un camposanto que según cuenta la leyenda que fue acondicionado por los monjes guerreros del siglo XIII, los caballeros templarios, quienes trajeron la tierra directamente de Palestina. En cualquier caso, el cementerio en si es una gran incógnita. En el lugar, esparcidas hay más de doscientas lapidas con una antigüedad y un simbolismo desconocido. Algunas con grabados y símbolos que no obedecen a ningún oficio conocido y por supuesto tampoco hacen referencia a ningún nombre ni fecha. Las marcadas con anclas o tijeras, tienen sus explicación en el analfabetismo de los lugareños, que marcaban la losa del fallecido con el oficio que ostentaba en vida, así las lapidas fueron pasando de generación en generación hasta ir añadiendo los nombres de la familia a medida que fueron aprendiendo a escribir.

El paseo por el este cementerio no deja de ser sorprendente, la cantidad de lapidas apiladas en los márgenes del recinto más parece una biblioteca prehistórica, tan solo necesitamos la paciencia para dedicar el tiempo necesario a la observación. Así llegamos hasta el templete de Temple, situado al norte y donde un pequeño armazón rectangular del siglo XII o XIII habla de nuevo sobre los templarios y la leyenda de dos hermanos nacidos en Noia y combatientes de las cruzadas. En una batalla, entre la confusión, se separaron para no volverse a encontrar. El mayor paso siete años buscando a su hermano menor sin éxito, cuando por fin regreso a su tierra natal, mandó construir este pequeño santuario en honor a su hermano, que finalmente regresaría siete años más tarde.

Anxo Rial / RKV.