TravelAventura. Ferreira de Pantón.

Los “mouros” administraban sus grandes tesoros bajo tierra, en intrincados pasadizos que evitaban ser descubiertos. Desde su asentamiento vigilaban los pasos de los habitantes cercanos al castro.  En el castro de Espasante, en Ferreira de Pantón, hay una gran galería que solo puede hallarse en días mágicos y que conduce directamente al corazón de la montaña, a la mismísima cámara del tesoro.

En cierta ocasión uno de los “mouros” involucrándose más de lo normal en la vida de los humanos, se enamoró de una joven princesa, hija de un rey de Galicia y con sus mágicos poderes al encanto y una noche se la llevo a la cueva del castro. Cuando el padre de la joven supo de la falta de su querida hija, salió en su busca, acompañado de los mejores y más diestros caballeros de la corte. Recorrieron todas las aldeas, los bosques y caminos sin éxito. Nadia pudieron saber y nadie había visto a la princesa.

En una acción desesperada, el rey mando reunir en torno al castillo a toda la gente en leguas a la redonda, con la intención de averiguar algo sobre la misteriosa desaparición y amenazando con severos castigos la falta de información. Fue entonces cuando unos muchachos contaron como una noche de luna vieron dirigirse hacia el monte de Espasante un grupo de hombres de gran porte sobre unos caballos más grandes de lo normal, tan enormes eran las bestias, que habían saltado el rio Cabe como si sus patas fueran aladas. Todo apuntaba al secuestro por los misteriosos caballeros.

El noble no pudo contener su ira y desesperación y mando reunir a todos los caballeros de los estados vecinos, así reunió un gran ejército y fueron directamente hacia el castro de Espasante con intención de buscar hasta el último rincón del monte. Pero, cuando ya estaban cercanos a la cumbre e inesperadamente, el entorno del castro comenzó a arder con grandes llamaradas. Los caballeros, no tuvieron más remedio que retroceder hasta la ladera del monte, aguardando hasta que la virulencia del incendio bajara de intensidad y de esta forma el ejército estuvo aguardando dos días enteros. Cuando la enorme hoguera se extinguió, volvieron a registrar concienzudamente el monte hallando solamente unas murallas pequeñas, pero ni rastro de cueva, mouros o princesa.  Anxo Rial / RKV.

 

Souto da Retorta. A Casa do Avó.

La localidad de Viveiro ejerce como centro neurálgico y económico de una comarca que comparte mar y montaña. El pueblo se asienta mirando al océano pero protegido y custodiado por empinadas laderas donde los bosques, formados principalmente por eucaliptos, otorgan al paisaje un verde permanente. Son escarpados montes donde Pao da Vella ejerce como punto más elevado del municipio y también como excelente mirador. Esta escarpada orografía parece ser la causante del nombre del lugar con claras referencias a las lenguas célticas, siendo una composición de las palabras Bi (montaña) y Ver (empinada), la evolución de la propia lengua hizo el resto, pasando a través de los años de Bibero a Viveiro. La historia nos habla de una antigua ciudad llamada Estabañón, localizada donde se ubica hoy la aldea de Faro. Las leyendas hablan de que una terrible subida del nivel del mar terminó arrasando y sepultando esta antigua urbe. Los hallazgos arquitectónicos en el lugar parecen reafirmar la teoría de la existencia de esta ciudad.

 

En la aldea de Chavín se encuentra el Souto da Retorta, también conocido como el gran eucaliptal. Este espacio pertenece a la Red Gallega de Espacios Protegidos y en el año 2000 fue catalogado como Monumento Natural. El motivo de esta distinción, es que este lugar alberga los ejemplares de eucaliptos más longevos y grandes de toda Galicia. Esta especie traída de Oceanía por el obispo de aquellas tierras, Rosendo Salvado, llegaba a España hacia 1860 y poco a poco esta nueva especia se iba asentando en las haciendas de los ricos como árbol ornamental. En Chavín fueron plantados en 1880 para contrarrestar las crecidas del rio Landro y drenar de esta forma los terrenos encharcados. La afición del eucalipto por el agua contribuyó a continuar con la plantación hasta 1912 y conseguir de esta forma frenar el encharcamiento del lugar, creando sin saberlo un espacio de futuro, el que hoy se conoce como el bosque de eucaliptos de Chavín.

Un corto pero espectacular paseo nos conduce a través de estos centenarios ejemplares de eucaliptos, para ello debemos llegar hasta la localidad de Chavín y comenzar a caminar en las proximidades de una gran nave industrial, allí un cartel indicativo nos marca el recorrido a seguir y las precauciones que debemos tomar en cuenta a la hora de la visita. Es un estrecho sendero que profundiza en este bosque con claros matices oceánicos por su cercanía al mar. Una masa verde con vegetación de ribera de gran variedad donde conviven fresnos, avellanos, alisos, sauces, arces, abedules, castaños, robles y grandes helechos.

 

La senda es elevada, con una perspectiva sobre las aguas del rio Landro y donde ya van apareciendo los primeros ejemplares de eucaliptos jóvenes que aprovechan las aguas del cercano rio para mantener su porte y que poco a poco van dando paso a un bosque de grandes troncos, donde ya se percibe la longevidad de los árboles. Tras novecientos metros de sencillo paseo y sin apenas desnivel llegamos al eucalipto denominado O Avó, este gran ejemplar es efectivamente el abuelo de todos ellos.

Enorme en su porte es probablemente uno de los árboles más grandes de España, con un volumen de 75,2 metros cúbicos, con grandes contrafuertes, un perímetro en su base de 11 metros y con una altura total de 71,40 metros sobre el suelo, que lo convierten en uno de los eucaliptos más altos de Europa. Nuestro paseo continua y lo hace caminando un poco más allá de la figura del Avó, donde aparecen otros ejemplares también de considerable tamaño, que nos muestran lo importante del bosque, de su conservación y la importancia de este bello enclave.

Anxo Rial.

A Lagoa de Cospeito.

La aparición de la laguna de Cospeito sigue un patrón que se repite, no solo en Galicia, sino también en otras partes del mundo, la falta de amabilidad y solidaridad con los más necesitados y ello conlleva el lógico castigo. La leyenda habla, que donde hoy está la laguna de Cospeito, existía una villa, una prospera población llamada Villa Valverde. Hasta el lugar llego un buen día un pobre, con un aspecto muy deteriorado. El necesitado pido asilo en alguno de los cobertizos del pueblo, pero nadie sentía lastima de ese personaje harapiento.

Sin encontrar un lugar para pasar la noche, el pobre se disponía a abandonar Villa Valverde y en el camino vislumbro una pequeña casita en lo alto de una ladera herbosa, conocida como Feira do Monte. Allí se dirigió, encontrando una familia muy humilde, pero de buen corazón, que recibieron de buen grado al caminante solitario. Casi sin recursos, pero amables, decidieron matar la única ternera que les quedaba y así sentar al mendigo a su mesa.

Al finalizar la cena, el pobre pido al dueño de la casa, que los huesos de la ternera fueran repartidos entre las cuadras por tamaños, los pequeños en una y los grandes en otra. Al alba del día siguiente, el pobre despertó al dueño de la casa y le mandó ordeñar las vacas y poner los terneros a mamar. Pero el dueño, pensando que el pobre se había vuelto loco, siguió durmiendo. El pobre no paraba de repetir lo mismo, una y otra vez, hasta que el dueño ya hastiado le contesto:

            -¿cómo voy a ordeñar las vacas y echar los becerros a mamar, hombre de Dios, si la única ternera que tenía la maté de víspera para hacer la cena de todos?

El pobre respondió con seguridad:

            -Tan verdad es que tienes becerros y vacas como que la villa de Valverde se hundió la noche pasada bajo las aguas, al igual que sus desconsiderados habitantes.

Después de esto, el dueño de la casa y su familia, se asomaron a la puerta y vieron con asombro, que efectivamente toda la villa había desaparecido bajo las aguas, tal solo en lo alto de una colina se reflejaba en las aguas la capilla de la Virgen del Monte y la imagen de la Virgen que estaba en su interior. De sus propias cuadras salían sonidos de animales y allí donde la noche pasada ya no quedaba nada, había efectivamente vacas y terneros. Aunque intentaron localizar al pobre para agradecer este milagro, este había desaparecido sin dejar rastro. Hay quien dice, que después de las sequias de verano, asoman sobre las aguas las chimeneas y el campanario de la Villa de Valverde.

Anxo Rial / RKV.